Amigos
Sombreros
Tampocho
Soleados
Vieja
Gi
Comandante
Asador
Trago
De nada un poco
"En resumen, veo tres partidos... no, tres grupos, ninguno de los cuales me interesa: el de los que tienen, el de los que no tienen ya y el de los que procuran tener. Pero todos se conforman en la imbécil idolatría de la autoridad."
“Creo que el problema no es el injusto reparto de la riqueza, Mendieta. Es el generoso reparto de la pobreza”
Nunca supe cuán tarde volvería a Córdoba aquella vez
Ni imaginé lo hondo que calaría mi ausencia
que parió un lamento casi eterno
no de ella, precisamente
Te cortaste nene, me tiró desde la distancia
El verano pasó conmigo entre esteros, calor y alcoholes
Un ruido de motín de presos era lo único que llegaba
a aquel lugar tan lejos donde mal no la pasé
Ella que le llame en vano me pidió
en esos 28 días que después dolieron
y cómo...
A poco de yo volver ella no había de ser la misma
No, ya no
Y yo no era el mismo
atrás no podía volverse.
Un puñado de espíritus alguna vez me consolaron
por lo que no fue
mientras faso y vino hacían el resto
Pero cómo explicarle...
Nene, lo siento, pero yo te esperé ¿Dónde te metiste?
Un viaje con amigos.
Así de corta mi respuesta y así el postre que sirvió
carente de besos
Muy rico el helado y muy buena la peli,
pero estoy saliendo con alguien, nene
Mi corazón en pedazos
tras cinco años de verla en la facultad
años de trabajo lento hube
hasta aquel enero de no olvidar
mas un febrero movió el estante
de los libros de mi seguridad.
Cortar con mi reemplazante
el artilugio de su despecho
ya no érale lo mismo
y a mí tampoco
Los caminos no se juntan
pasan los años y la muela ya casi no duele
Volví, dijo, con el mismo que conocí
ese febrero que me plantaste
Sí, sí, con ése que me hizo sufrir
Él estuvo a mi lado y a él le doy la oportunidad
que vos perdiste, nene.
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En Brasil la decisión ya fue tomada. El gobierno de Lula instalará máquinas de distribución gratuita de preservativos en las escuelas públicas, como parte de su campaña para combatir el sida. Las máquinas serán fabricadas por el mismo Estado. La fabricación de las primeras 400 ya fue anunciada por el ministro de Salud José Gomes Temporao, durante la apertura del VII Congreso Brasileño de Prevención del Sida, que se desarrolla en Florianópolis hasta mañana...."
Página/12
Juan Manuel de Rozas
Líder argentino, d
Lo que me asusta es recordar esos lugares
por los cuales nunca dimos un paseo
bajo un sol que no era cierto
sin sentir tus manos en las mías,
sin poder seguir tus suaves pasos que
(no sé si lo soñé o me lo contaron)
sonaban como si siempre estuvieras llegando
aunque siempre te estuvieses yendo.
Me asusta recordar esos envolventes sonidos
de calles cuyos nombres nunca existieron,
las que nunca recorrimos para escondernos de todo
y para planificar en qué incierto lugar
nunca iríamos a vernos.
No sé si fuiste vos, o si fui yo,
el caso es que hubo demoras
y que la burocracia jamás fue nuestro juego,
y que por eso, cuando te dije "te quiero"
por primera vez...ya me estabas olvidando.
Entonces ya sabés dónde encontrarme,
qué número marcar, cómo comunicarte;
y si querés pasar por casa ya sabés
que el gato que nunca me regalaste sigue ahí,
que le puse "Nadienadanunca" como nombre
y se muere de frío cuando imagina besarte.
Que decir!!... Quisiera que me llames,
pero es tan improbable, que sufro,
y mejor me duermo en el trabajo
y sueño que ha sido todo un sueño
de hadas, ángeles y flores...
Tenía diez años cuando ella, de camisita blanca y pulóver y pollerita marrón, subía tres paradas más adelante a mi mismo colectivo, sobre la ruta nueve sur a la altura de barrio Deán Funes. Era muy bonita, de pelo castaño y piel blanca manchada por pecas. Podía adivinar que le llevaba un año y varios centímetros de altura, diez quizá. La veía todos aquellos días de colegio primario de curas, mientras ella iba a uno de monjas. Siempre que nos cruzábamos en el bondi, nos mirábamos. Una sola vez la saludé, aunque ella me devolvió sólo tibiamente el gesto. Nunca nos hablamos ni nos conocimos concretamente, sólo nos tornamos viejos extraños.
Los meses y las estaciones fueron pasando, los tiempos cambiando. Ella y yo también. Pero lo que no cambió nunca fue el hecho de encontrarnos de vez en cuando en el ómnibus, cruzar miradas y actualizar esa vieja comunión anónima.
Casi que ni llegué a darme cuenta cuándo fue que ella me pasó de estatura, ni cuándo comenzó a lucir una apariencia y los tics de adolescente rebelde, echando por tierra tal vez ese pasado de pupila religiosa. En esos días conocí su primer novio, ahí mismo, viajando con ella en colectivo mientras ella, seguramente, me habrá visto alguna vez con alguna chica.
Siempre recuerdo aquella madrugada que la vi en un boliche del Abasto, sentada y charlando con una amiga, mientras yo festejaba amanecido con compañeros de la facultad el triunfo de la selección de fútbol sobre Nigeria, apenas empezado el Mundial de Japón y Corea. No sé por qué me pareció poco pertinente acercarme a conocerla de una buena vez, aunque sea para presentarme, preguntarle cómo se llamaba o contarle que vivía cerca de su casa. Elegí quedarme con mis amigos y, al final de la noche que ya era día, pensé que mi decisión de no encararla fue menos oportuna aún.
Hace como tres años subió y la noté bastante barriguda pero igual de linda y vestida con un jardinero de jean. Como yo iba sentado adelante, le cedí el asiento.
Nuestros cruces en el colectivo sin realmente encontrarnos fueron cada vez más esporádicos. Unos días atrás la volví a ver, sentada en el segundo asiento de la fila simple. Vestía un uniforme rojo impecable, parecía irse a trabajar. Yo estaba ubicado bien al fondo. Ya en el centro de la ciudad, se levantó y empezó a venir hacia atrás. Justo en ese momento me acordé de la primera y única vez que la había saludado con un ademán de mano, hacía ya quince años. Fijé mis ojos en ella, y cuando miró sólo atiné a mantenerle la vista y saludarla. Ella, mientras tocaba el timbre, me contestó “chau”, como si alguna vez nos hubiéramos dicho “hola”.
Después de 30 años, los unitarios y los federales han vuelto al discurso político. Aunque el sentido es claro, el uso no es muy apropiado. En 1822, en un país sin Constitución ni Estado, el unitario Rivadavia introdujo el uso del presupuesto, mientras que el federal Rosas usó durante más de 20 años todo el ingreso fiscal del país -las rentas de Aduana- para golpear a los adversarios, disciplinar a los partidarios y construir un poder personal del que no rendía cuentas.
En 1853, la Constitución estableció una república representativa y federal y acotó los poderes del presidente. Las provincias y el Congreso, con sus senadores y sus diputados, establecieron los criterios legales para la recaudación y para el gasto, y dieron forma al antiguo principio: la contribución fiscal debe estar asociada al consentimiento de los contribuyentes.
Muchas cosas cambiaron en el país desde entonces. Los ingresos fiscales y los gastos se hicieron más variados y complejos. La puja por la distribución de la carga fiscal y por la asignación del gasto estatal fue cada vez más dura. Se abrieron otros ámbitos de negociación. Pero un principio quedó firme: el lugar de la discusión y la resolución era el Congreso.
A lo largo del siglo XX, gobiernos caudillistas y dictaduras militares erosionaron este sistema. El golpe decisivo lo dio la última dictadura, que estableció la arbitrariedad como norma. Durante mucho tiempo no advertimos la profundidad de la crisis del Estado y de las instituciones, ni lo débiles que, frente a la magnitud del daño, resultaban las intenciones y los instrumentos de los gobiernos democráticos y republicanos.
Desde 1989, las crisis, recurrentes y cada vez más agudas, alejaron la posibilidad de la reconstrucción. Se dijo que la crisis exigía decisiones rápidas; que los mecanismos representativos y burocráticos, llenos de controles, las entorpecían. Es posible que en parte sea cierto. Pero, como explicó Hugo Quiroga, la "emergencia permanente" fue y es el gran argumento para la centralización de las decisiones y la supresión de los controles.
En tiempos de unitarios y federales, la Legislatura de Buenos Aires concedió año tras año a Rosas la suma del poder público. Desde hace algunos años, el Congreso delega en el presidente las decisiones presupuestarias clave: a quién cobrar y cómo gastarlo. La caja presidencial -la chequera, como graficaron los dirigentes agrarios- es hoy el gran instrumento para concentrar el poder y seguir usándolo discrecionalmente, en la imposición y en el gasto. En 1853, la Constitución federal puso coto a esto. La Constitución está vigente hoy, pero funciona poco y mal. Convendría volver a ella.